Una niñez irrepetible

 

  

 

Llegué a casa conduciendo envuelto en mis recuerdos. No era para menos. Ese día, anunciado desde hace meses, se había hecho realidad.

Esos momentos, intensos,  vividos en unas horas alrededor de unas mesas, se quedaban cortos frente al alud de recuerdos y citas, que arrollándote en tu interior, te llevaban en volandas a años lejanos, que juntos, ... los niños del barrio…, fuimos capaces de construir.

 

Mil imágenes me iban despertando a medida que cuadrabas las caras de aquellos que como tú, vivieron una niñez irrepetible, por el momento, la época, y la situación social, en nuestro barrio, ese barrio que en una prolongada esquina se dividía en dos calles, lindando en los extremos, al norte, y al sur, con campos de cultivo, y un cuartel de época, con gente compartiendo su niñez en las viviendas de los militares - los "pabes" - y en torres no lejanas, con amigos parientes de un famoso pintor, y del que sería después uno de los grandes futbolistas del F C Barcelona, y con uno de los grandes políticos de Catalunya, que vivía en Jorge Girona.

 

Desde que la conciencia de enano te dejaba entrever detalles de tu niñez, empecé a recordar múltiples escenas de la misma. A antes de irme a dormir, sentado en el sofá, rebuscando fotos del momento para escanearlas, empezó el desfile de recuerdos ligados a las emociones más indescriptibles de aquella maravillosa época.

 

Los teatros de polichinelas que se montaron por los jóvenes de entonces, en una caseta semi-derruida, situada enfrente del bar del Pep, en Jorge Girona 6. Allí los niños de entonces, íbamos con 10 céntimos de pipas y golosinas a pasar la tarde, y pagábamos el real (25 céntimos) que entonces costaba el evento.

Llegar a casa del colegio, y antes de sentarse a hacer los deberes, escuchar con un trozo de pan y chocolate por merienda, la célebre música de Elena Francis y sus consejos, con tu madre planchando, para a continuación, con la oreja pegada a la radio, escuchar el célebre cuento de "Cascabel". Eran tiempos donde la radio acompañaba el transcurrir de las horas en los hogares, como único medio de distracción, la TV vendría unos cuantos años después.

 

- Niño, cuando acabe el cuento harás los deberes…

- Es que yo quería bajar a la calle porque tengo que ….

- No, tú no sales... Hasta que no hayas hecho los deberes no sales…

 

A veces, cuando estabas enfermo, un catarro, ó simplemente un poco de cuento, esperabas con emoción en la cama a que llegase el otro cuento de la mañana célebre, a las 12 de cada día laborable : Tambor.

La televisión no había llegado aún. Y la radio inundaba los hogares con las series y la música de entonces, boleros de Machín, Gloria Lasso, cantantes italianos como Mario Lanza, Claudio Villa y Domenico Modugno, que alegraban con sus canciones a nuestras madres.

Crecíamos con el paso del frío al calor, y al abrigo de los verdes que inundaban los campos que nos rodeaban. No había cosa que más disfrutásemos, que el ver la lluvia anegando los caminos, con ese entrañable olor a tierra mojada, y tener la excusa de poder chapotear los charcos formados, con las botas de caucho de media caña, que nuestros padres nos calzaban para ir al colegio, en la calles que aún no se asfaltarían hasta entrados los 60's.

 

Mientras, en los períodos estivales, en los que la situación social no permitía más que a algunos privilegiados moverse del sitio, los veranos transcurrían tórridos, con alguna excepción de baño materializada en la célebre Piscinas y Deportes de la Diagonal esquina a carretera de Sarriá, entre los interminables partidos de fútbol en los campos anteriores al famoso campo de golf que lo vimos funcionar, en los huertos de “Picola”, contiguos a un

campo de algarrobos donde aprendimos a subirnos  a los árboles, hoy edificio del CSIC, con aquel molino de techo en cucurucho de teja roja, los huertos y el campo de trigo de Prudencio (hoy Facultad de Económicas).¡Cuantas veces nos bañamos en aquella balsa contigua a la casa de "Pruden" (Prudencio) llena de renacuajos, sin contar con permiso de nuestros padres, porque nos cubría y no sabíamos apenas nadar!

¡Cuantas veces burlábamos la entrada no permitida a civiles del cuartel, para visitar las porquerizas, cabreando a los enormes cerdos, para acabar bañándonos por benevolencia de algunos soldados en las piscinas del cuartel!

 

En los campos previos inferiores al campo de golf, se jugaba siempre un partido ininterrumpido de fútbol que duraba prácticamente todo el verano. Sólo hacía falta llegasen dos ó tres más, para que el partido que se jugaba en aquellos momentos se interrumpiese, y se hiciese un nuevo equipo, donde los “capitanes” elegían uno a uno, alternándose, a los jugadores de su equipo…Un balón raído y gastado de cuero, que era compartido en propiedad por todos los que desgastábamos las suelas y rompíamos los zapatos, dándole una y otra vez patadas, y marcando goles, algunos de ellos, que acababan con la pelota en los zarzales del fondo.

Éramos expertos ya en recuperar las pelotas caídas entre las zarzamoras, con algún que otro picotazo de una avispa cabreada que en su avispero del zarzal, se veía molestada por el recuperador de balones. Cuantas veces habíamos preparado un cuenco con moras y azúcar de aquellos zarzales…

 

Cuantas veces, en camino paralelo al campo de golf, habíamos iniciado las célebres excursiones a la montaña de San Pedro Mártir, léase depósito de aguas, emisora ó cantera con una pequeña gruta incluida...Cuantas veces desde casa por las noches, recuerdo en verano con la ventana abierta de la habitación de mis padres, los trinos de un ruiseñor, que nos alegraban con sus bellos cantos.

 

Por no acordarse de las excursiones en masa que hicimos más de una vez a los campos de frutales en plan furtivo pero masivo, que había en la zona del parque Cervantes y los pisos de Pulido, en la parte izquierda del cuartel, y salir despavoridos en un sálvese quien pueda al vernos descubiertos, al grito de la chiquillería "El tío...! El tío...! Qué viene el tío…!!!"

Luego, al ser urbanizados, se colocó el primer Frankfurt de la zona, en un carromato tipo churrería, dando el salto más tarde al barrio en la esquina de la calle Jorge Girona y Alfambra.

 

Al final de la calle Alfambra, había unas escaleras para subir hasta el barrio. La gente subía por las mismas, viniendo desde la Diagonal, después de dejar el autobús “P” (Polo), del estilo de Londres, con dos pisos, que los traía del centro de Barcelona. ¿Quién, al subir a un autobús de aquellos, no corría deprisa hacia arriba, subiendo por las escaleras, para coger los primeros asientos del piso superior, y abrir las ventanas del frente, disfrutando del aire en la cara?

 

En aquellas escaleras de llegada al barrio por la calle Alfambra, recuerdo yo las típicas guerrillas de niños, con canutos construidos de cañas de bambú preferentemente. Cuanto más finos, con mayor fuerza llegaban las “bezas” negras, que repescábamos de los jardines de la Diagonal. Por no hablar de la época de guerras de flechas, con los hilillos de cobre en la punta para que tomasen la dirección hacia el objetivo con precisión, ó los tirachinas construidos de horquillas de ramas fuertes pero flexibles, con las gomas recortadas de las llantas de los coches, para con su flexibilidad lanzar las piedras, agarradas con trozos de cuero, ligadas las gomas y el cuero por recios alambres.

 

Luego al construir la primera avanzadilla de la Zona Universitaria, la Escuela de Profesores Mercantiles, se urbanizó la calle Alfambra desde el barrio hasta la Diagonal, y para aquel entonces un tranvía, el nº 65, llegaba a las puertas de Palacio, y empezaba a cubrir la demanda de las nuevas universidades que se empezaron a construir en la otra acera de la Diagonal, la de Ciencias, la de Ingenieros, la de Aparejadores, cuando unos metros antes e palacio, la Universidad de Farmacia ya existía, y enfrente la de Abogados. Luego, el autobús “perdió” un piso, y se reconvirtió del rojo granate al verde claro, perdiendo la “P” y tomando el nº 7.

 

En la hoy Escuela de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos, enfrente del Palacio por su parte trasera, había un convento de monjas, el convento de la Asunción. Al principio nos encantaba entrar saltando la tapia que daba a Jorge Girona oeste, para desde allí, saciar nuestro apetito de frutas silvestres "cazadas" furtivamente, y bordear un hermoso lago ó estanque artificial, nada profundo. Se logró un consenso con las monjas, y la madre superiora, nos permitía entrar por la puerta pidiendo permiso. Y se nos permitía tomar las dos barcas para cruzar el lago. Por pasear y disfrutar de momento...

Pero en aquellos tiempos, el disponer de barquitas y un lago sólo podían encender nuestras mentes infantiles, para crear dos grupos de “piratas”, que espadas de madera en mano, buscaban el enfrentamiento en medio del lago emulando a las películas que habíamos visto de la mano de nuestros padres, en sesiones de sábado noche, y que por ser familia numerosa casi siempre, nos desplazábamos en autobús y volvíamos en los taxis largos que lucían la luz verde, y dos asientos supletorios desplegables en su interior, en la parte trasera.

Un día, en el fragor de la "batalla", todo acabó sin embargo, al producirse un hundimiento de una barca, que provocó nuestro destierro, definitivo ésta vez, por parte de las monjas.

 

Y con los años, vinieron los institutos.

Salir del barrio y conocer gente de fuera. Eran los primeros escarceos con el tabaco, los doce años, y la “matalauva”. ¡Rediez! ¡Cómo picaba en la lengua fumar aquellos cigarros regordetes y deformes que no "tiraban" al aspirar, y que los comprábamos en tiendas de Les Corts…!

Tiempos de revelaciones, … que si los hijos vienen de… que si los Reyes Magos en verdad son… 

 

Muchos habíamos empezado en escuelas de religiosos, que comportaban grandes caminatas a Sarriá, por la acera de Jorge Girona que dá a la parte trasera de Palacio, pasando junto a los dos grandes pinos que había en medio de la calzada, y luego seguía, cruzada la Avenida de la Victoria - "tened cuidado al cruzar con los camiones - nos decían nuestros padres" - por las aceras norte de Manuel Girona, al igual que los domingos y fiestas se iba a la Iglesia a escuchar misa. Otros al Intituto Ausias March, ó al instituto Menéndez y Pelayo.

 

Cruzábamos andando Les Corts, por campos sin edificar, donde la gente del lugar solía hacer picnic muchos domingos. Desde la Avenida Victoria, en la curva que tomaba entonces Manuel Girona, había un campo muy famoso por ello, que recogía a mucha gente los domingos.

 

En aquel entonces, sin vehículos ni cultura y dinero para ello, la gente se trasladaba en masa a pasar los domingos a las afueras de Barcelona, a disfrutar de sus campos, a disfrutar de lo que nosotros, los niños del barrio, disfrutábamos en nuestro barrio de forma natural. Allí se ubicaba una fuente muy apreciada de la época, la Font dels Ocellets. Muchas veces yo cruzaba aquellos campos acompañando a mi gran amigo Fernando, para ir a comprar el pan a una panadería situada enfrente de la Iglesia de Santa Gema,  y que al ir a peso, la “torna” ó trozos de un exquisito pan de viena para compensar el desfase, era el premio recompensa que nos comíamos por el camino, después de la larga caminata

 

En el camino de Manuel Girona, hacia Sarriá, antes de llegar a las cocheras, existía una finca que decoró Gaudí, de la cual se ha guardado la cabaña estilo zona de la albufera de Valencia, visible hoy día con una estatua metálica en su pié del genio Gaudí, pero sin embargo, se destruyeron centenares de metros de la pared lindante del terreno, en forma ondulada, diseñada por el propio Gaudí, algo impensable hoy día debido al valor de su obra, apreciada en todo el mundo.

 

En el medio de Manuel Girona, la parroquia de San Odón. Sólo unos 150 metros del colegio Vives. La parroquia, para muchos, un punto de encuentro de excursiones, y de gente joven, aglutinados por un joven vicario. Y el campo de fútbol de San Odón, enfrente de la parroquia, sirvió a no pocos momentos de gloria en célebres partidos, cuando ya habíamos crecido todos un poco más. Partidos de rivalidad, con Perico como gran estrella. Allí vimos jugar varias veces a los hermanos Rexach. Yo aún recuerdo la noche de la misa del gallo del 24 de diciembre de 1962. El cielo encapotado y mucho frío. Saliendo de misa, camino de casa, unos copos enormes de nieve empezaban a caer al suelo y no se deshacían…

La mañana del 25 de diciembre de 1962, Barcelona, y en particular nuestro barrio, amaneció con casi un metro de nieve de espesor, para regocijo de todos nosotros.

 

Luego vinieron tiempos de cambio… Las hormonas afloraban en nosotros… En las chicas mucho antes, y de forma más notoria. Y en nosotros, calaba esa sensación de que era el momento de empezar a dejar los pantalones cortos en el armario, intuyendo que era la manera de sentirse “mayor” y ser correspondido y tenido en cuenta por “ellas”

Se acabaron los partidos de fútbol al aire libre. Y los partidos de béisbol que durante dos años se jugaron también… Y los partidillos de tenis en el asfalto con una red imaginaria, jugados en la zona de enfrente del que hoy es el Frankfurt más famoso de toda Barcelona, lugar que antes había estado ocupado por el colmado de Antonio, al que los gitanos de una cueva cercana a los "pabes", le violaban repetidamente la máquina de chicles que funcionaba con monedas de 2 reales, más tarde ocupado el mismo lugar, por el Spar de Manel, y las libretas de puntos Spar que nuestras madres rellenaban con su compras.

 

Las verbenas, que antaño se realizaban en torno a una hoguera, la mayor de la zona, alimentada por leña “requisada” por policía urbana amiga, de otras calles con peligro de incendio, que discurrían en torno a los petardos, ahora se canalizaban en saber donde se hacía la fiesta, qué chicos y chicas venían, quien llevaba el tocadiscos, y cuantos llevaban buenos discos para bailar, … sobre todo las canciones “lentas”…, donde el derecho a roce era un anhelo para muchos.

 

Llegó la moda del vermut en el bar del Pep, de Jorge Girona primero - ¡qué berberechos! –  para extenderse a otros bares de Alfambra en los años posteriores. Y empezaban las reuniones al lado de un tocadiscos plegable y fácilmente transportable, con fundas cargadas de vinilos, primero de 45” y más tarde de 33”, que cual flauta de Hamelin, atraía siempre detrás de sí un nutrido grupo de chicos y chicas de la época.

Y la música hizo su acto de presencia. Beatles, Rolling Stones, Kinks, Animals, Beach Boys, Brincos, Sirex, Bravos, Mustang, Pekenikes, The Shadows, Adamo, Alain Barriere, Celentano, Rita Pavone, Johnny Halliday…, hacían las delicias de todos nosotros. Y algunos nos apuntamos a querer interpretar la música con instrumentos…Siempre le agradeceré a mi añorado amigo Fernando los primeros acordes de guitarra que aprendí de su paciencia en enseñarnos, aún lo recuerdo, en casa de Mariano Marchori…

 

Y vinieron la fechas de ir al cine, a los típicos de la época, en Pº Bonanova, el Spring y el Bretón. Sesiones de dos películas, y una de cowboys ó de romanos.

Llegábamos andando desde el barrio, en largas caminatas que a nadie parecían importar, y el interés pasaba de ver dos buenas películas, con su intermedio, su "Nodo", las "chuches" que nos podíamos comprar, y de paso si ligábamos para las fiestas, pues mejor.

 

De las fiestas, qué decir que no sea entrañable y celebrado… Mil historias cada uno de nosotros podríamos contar seguro. Recuerdos intensos de una época que trajeron parejas que hoy perduran, que empezaron en casas del barrio, en ausencia de los padres, y que se trasladaron a Sarriá y otras zonas a medida que nuestros años avanzaban.

 

Y sin embargo, aquello fue el final de la niñez para todos. Se acabó el privilegio vivido en un barrio de Barcelona, con todas las ventajas de vivir en un pueblo en pleno campo y naturaleza. Se acabaron las rivalidades a veces vividas con los pabellones, “Los pabes”La urbanización llegó y arrasó con todo aquello. Un barrio que festejaba los primeros Biscuter, Isetta y Seat600, en sólo diez años, nadie hubiese reconocido el cambio tan abismal. Llegó gente de fuera a los pisos que fueron quedando vacíos por los que cambiaban de lugar. Aquel barrio que a veces despertaba temprano con formaciones de soldados, que salían del cuartel, para ensayar desfiles, con sus “tamboradas” y sus trompetas…, ahora aparecía con los campos engullidos por las Universidades, autobuses que pasaban delante de casa, problemas de aparcamiento, restaurantes de lujo y de moda, y gente ajena que lo invadía el fin de semana en torno al mejor Frankfurt de toda Barcelona.

 

Y poco a poco, el curso de la vida, nos fue apartando de él.

Los estudios, la novia, el novio, el trabajo, el casarse, el tener piso propio en otra zona, … poco a poco, … nuestro barrio, como en una película que en blanco y negro pierde las escenas, cómo cuando se desvanece despues del "The End" con los subtítulos del final, los campos de nuestro barrio, ...acabaron esfumándose...

 

Nadie diría que un día andábamos rompiendo farolas a pedradas, que las farolas eran encendidas por gente que iba en bicicleta con una antorcha, cuando eran de gas, que al afilador con su flauta y su bicicleta reconvertida a muela de afilar, nos despertaba a veces en las siestas obligadas por nuestros padres y atraían a la chiquillería,  que paseábamos los perros, que perseguíamos a los gatos, ...disfrutábamos en medio de sus calles con las bicicletas, asustábamos a las parejas que se refugiaban a pelar la pava en los algarrobos, los mismos donde nos dedicábamos a desenterrar la “sardina” que por tradición tanta gente venía a pasar el día y enterrarla allí. 

 

Lejos quedaban aquellas vueltas a casa de madrugada de una fiesta señalada ya en época adolescente, donde había que batir las palmas, para que el sereno acudiese presto a abrirnos las puertas de los portales de casa, con el ruido de los manojos de llaves, su bastón golpeando el firme que resonaba en eco nocturno, al grito de "Ya voy...!". Cuantas veces tuvimos que ir a buscarlo, según la hora, a la sala de fiestas abierta junto a la carretera de Esplugues...

 

Ya no salíamos las noches a molestar, niños ya crecidos y como travesura sin malicia, a las fulanas de la Diagonal enfrente de la facultad de Derecho, sobre todo, desde que los macarras nos tomaron el número, y nos dieron un “toque” serio para nuestra edad…

 

Todo quedó enterrado bajo el cemento y el asfalto. Nada era ya igual, ni siquiera nuestra figura delante del espejo.

 

Volver al barrio, a muchos de nosotros, era parte de la rutina de ver a nuestros padres que allí se quedaron. Y tropezarnos alguna vez, casi de casualidad.

En esos fugaces encuentros, algunos de nosotros habíamos charlado con una cerveza en la mano fugazmente, el tiempo que teníamos libre...de nuevo en una terraza de un bar del barrio, ...contando anécdotas, y hasta la próxima...

 

Pero ni el cemento, ni el asfalto, ni la falta de tanto espacio verde que disfrutábamos en aquel entonces, puede relegar de nuestra memoria nuestra niñez.

Única donde las haya.

Excepcional sin duda, si la comparamos a la de nuestros hijos y el entorno en el que nos movemos todos.

 

-        “Eran otras épocas…” -  pensaremos todos…

 

Sin duda!

 

Otras épocas que el 3 de marzo, a partir de las 21:30 afloraron en todos nosotros vivas como nunca. Todos recordamos mil anécdotas que siguen vivas ahí, dentro de todos nosotros…

 

Un torbellino de emociones y bellos recuerdos que saltaban entre nosotros a medida que nos íbamos reconociendo todos.

 

Esto no debe quedar así. Hubo demasiado poco tiempo para rememorar tanta infancia vivida junta. José Luis ha puesto la primera piedra, y sólo cabe el aplauso unánime y reconocimiento a su labor paciente, por atraer y localizar a tanta gente.

 

Como decía Freddie Mercury  (Queen) en su célebre canción : “Show must go on”

 

Ricardo Vidal con 55 años

 

Un abrazo a todos

 

Ricardo Vidal

Jorge Girona Salgado, 12 – 3º 2ª